A alguien que se le presupone profesional y que representa a una institución no debe ponerse nunca al mismo nivel que una afición rival que, en un gesto de mala educación, cobarde y reprochable, paga su frustración con cánticos de muy mal gusto hacia su persona. Cristiano Ronaldo volvió a obsequiar el pasado sábado al público del Calderón con gestos innecesarios y ademanes propios de un provocador. El portugués también se sintió legitimado para animar a su compañero Marcelo a hacer lo mismo cuando le cantaban desde la grada una desafortunada estrofa.
